El amanecer llegó sin que ninguno de nosotros durmiéramos. Permanecimos en la oficina de Sebastián, observando cómo el mundo reaccionaba a la evidencia que habíamos liberado, sintiendo el peso de cada decisión acumularse como piedras en nuestros pechos. Las pantallas mostraban un ciclo incesante de análisis, especulación y shock colectivo.
A las seis de la mañana, el teléfono de Sebastián sonó. Su madre.
—No contestes —dije, poniendo mi mano sobre la suya.
—Tengo que hacerlo —respondió, su voz