Mundo ficciónIniciar sesiónLa suite principal de la mansión Duarte era más grande que el apartamento donde había vivido los últimos diez años.
Caminé por el espacio con el vestido de novia todavía puesto, incapaz de procesar la magnitud de lo que me rodeaba. Una cama tamaño emperador con dosel de terciopelo azul oscuro. Ventanales que daban a los jardines iluminados por la luna. Una chimenea de mármol ya encendida. Un vestidor que se extendía hacia un segundo cuarto lleno de ropa que aparentemente ahora era mía.
—El baño está a la izquierda —dijo Sebastián desde la puerta, quitándose la chaqueta del esmoquin—. Hay todo lo que puedas necesitar. Si falta algo, dile a Hortensia mañana.
—¿Dónde dormirás tú? —pregunté, aunque conocía la respuesta.
—Aquí —respondió, señalando la cama—. El personal habla, y el personal de mi tío escucha. Si dormimos separados la primera noche de bodas, mañana Alejandro tendrá otro argumento.
—El contrato decía...
—El contrato decía que no te tocaría sin tu permiso —me interrumpió, aflojándose la corbata—. Y no lo haré. Pero la cama es lo suficientemente grande para que quepa una familia sin tocarse.
Tenía razón. La cama era absurdamente grande. Pero había algo en la idea de compartir ese espacio con este hombre que hacía que mi estómago se retorciera de una manera que no quería examinar.
—Necesito ayuda con el vestido —admití. Me giré para mostrarle la hilera interminable de botones—. No puedo alcanzarlos.
Un silencio largo.
Pensé que llamaría a una doncella. Pero escuché sus pasos acercándose, y sus dedos encontraron el primer botón.
El roce de sus nudillos contra mi piel enviaba pequeñas descargas por mi columna. Trabajaba en silencio, con una concentración que podía sentir en la tensión de sus movimientos. Yo mantenía la vista fija en el espejo, observando cómo el vestido se aflojaba lentamente.
—Puedo terminar sola —dije cuando llegó a la mitad, porque mi voz había empezado a sonar extraña.
—Bien.
Se apartó inmediatamente, como si también él hubiera estado conteniendo algo.
Me cambié rápidamente. Cuando salí del baño veinte minutos después, Sebastián ya estaba en la cama, del lado izquierdo, con un libro en las manos y gafas de lectura que no sabía que usaba.
Las gafas lo hacían parecer más humano. Menos depredador y más... hombre.
Me metí en mi lado, manteniendo distancia, y me quedé mirando el dosel mientras el silencio se espesaba.
—¿Vas a contarme tu secreto? —preguntó él finalmente, sin apartar la vista del libro.
—¿Vas a contarme el tuyo?
Cerró el libro. Se quitó las gafas. Se giró para mirarme con esos ojos que parecían ver demasiado.
—Hace cinco años, estuve comprometido —dijo. Las palabras cayeron entre nosotros como piedras en agua quieta—. Se llamaba Luciana. Era hija de uno de los socios de mi padre. La unión perfecta.
—¿Qué pasó?
—Descubrí que estaba trabajando con mi tío Alejandro. Todo el romance era una estrategia para conseguir información de mi empresa. Cuando la confronté, se rio en mi cara. Me dijo que nadie podría amarme de verdad. Que solo era útil por mi dinero.
El dolor en su voz era antiguo pero todavía afilado.
—Por eso la cláusula del contrato —dije, entendiendo finalmente—. La que anula todo si hay sentimientos.
—No puedo permitirme volver a ser vulnerable. No con Alejandro buscando cualquier debilidad. —Me miró con una intensidad que me hizo contener el aliento—. Ahora te toca a ti.
Cerré los ojos. Busqué las palabras para un secreto que nunca había dicho en voz alta.
—Cuando tenía veintiún años, antes de conocer a Rodrigo, quedé embarazada.
El silencio de Sebastián era absoluto. Sin juicio. Solo esperando.
—El padre era un hombre casado que prometió dejar a su esposa. Cuando le conté, desapareció. Perdí al bebé a las doce semanas, sola en un hospital público, sin nadie que me sostuviera la mano.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas. Lágrimas viejas que nunca había permitido que nadie viera.
—Rodrigo nunca lo supo. Nadie lo supo. Pero si el investigador de tu tío escarba lo suficiente...
—Para nada —dijo Sebastián, con voz firme y definitiva—. Tu pasado no te define, Valentina. Y cualquiera que intente usarlo en tu contra, tendrá que pasar primero por mí.
No supe qué me sorprendió más: sus palabras o el hecho de que parecía decirlas en serio.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué te importa?
Me miró durante un momento largo. Algo se suavizó en su expresión.
—Porque sé lo que es cargar con un secreto que te hace sentir menos de lo que eres. Y porque, aunque esto sea un contrato, eres mi esposa ahora. Y yo protejo lo que es mío.
Lo que es mío. Las palabras deberían haberme molestado. Deberían haber activado todas mis alarmas. Pero la manera en que lo dijo no se sentía como posesión.
Se sentía como protección.
—Gracias —susurré.
—No me agradezcas todavía.
Apagó la luz de su lado de la cama.
El cuarto quedó en penumbra. Solo las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas entrecerradas.
Me quedé mirando el techo.
Su respiración fue haciéndose más lenta. Más profunda. La respiración de alguien que, por fin, dejaba de estar en guardia.
Yo no podía hacer lo mismo.
Había algo distinto en el aire. No incomodidad, tampoco tensión exactamente. Sino algo más parecido a la certeza de haber cruzado una línea invisible, y de que los dos lo sabíamos.
Él me había contado lo de Luciana.
Yo le había contado lo del bebé.
Y en lugar de alejarnos, cada secreto había sido como un hilo que nos acercaba, acortando la distancia que el contrato intentaba mantener.
Me giré hacia él en la oscuridad. Solo para mirarlo, me dije. Solo para comprobar que dormía.
Dormía de lado, con una mano abierta sobre la almohada entre nosotros, como si incluso inconsciente midiera cuánto espacio debía ocupar. Tenía el ceño levemente fruncido. Una pequeña arruga que no desaparecía ni en sueños.
Pensé que era injusto que un hombre así pareciera más accesible dormido que despierto.
Cláusula veintisiete, me recordé.
Me giré hacia el otro lado y cerré los ojos.
Su voz llegó antes de que pudiera dormirme. Ronca. Casi imperceptible. La voz de alguien que habla desde el límite entre el sueño y la vigilia.
—Valentina.
—¿Qué? —respondí, sin girarme.
—Gracias. Por contármelo.
El silencio que siguió tenía otro peso. Otro matiz.
—No me des las gracias —dije al fin—. Todavía no sé si fue buena idea.
Escuché algo que se parecía a una risa muy suave.
—Yo tampoco.
Después de eso, ninguno dijo nada más.
Pero tardé mucho más de lo normal en quedarme dormida.
Y me pregunté, en ese espacio oscuro entre la vigilia y el sueño, qué pasaría si la cláusula 27 ya no era suficiente para protegernos de nosotros mismos.







