Hasta que la venganza nos separe

El vestido de novia costaba más que todo lo que había ganado en diez años de

matrimonio con Rodrigo. Me observé en el espejo del vestidor, apenas

reconociendo a la mujer que me devolvía la mirada. Seda italiana color marfil que

caía como agua sobre mi cuerpo, un escote que sugería sin revelar, y una cola que

se arrastraba tres metros detrás de mí como la promesa de algo grandioso. El

diseñador había volado desde Milán específicamente para los ajustes finales, y

ahora estaba arrodillado a mis pies, colocando los últimos alfileres con la

reverencia de quien viste a una reina.

—Perfecta —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Absolutamente perfecta.

Tres días atrás, yo era una mujer sin casa, sin trabajo y sin futuro. Ahora estaba a

punto de casarme con uno de los hombres más poderosos del país, en una

ceremonia que saldría en todas las revistas de sociedad, haciendo que los Mendoza

se atragantaran con su café de la mañana.

La puerta se abrió y Sebastián entró sin anunciarse, deteniéndose en seco cuando

me vio.

—Se supone que el novio no debe ver a la novia antes de la ceremonia —dije,

aunque mi voz salió más temblorosa de lo que pretendía—. Da mala suerte.

—No creo en la suerte —respondió él, pero algo en su expresión se había suavizado

de una manera que no había visto antes, algo que se parecía peligrosamente a la

admiración genuina—. Creo en la estrategia. Y tú, Valentina, eres la mejor

estrategia que he tenido en años.

No supe si sentirme halagada o insultada, así que opté por ignorar el comentario y

girarme hacia el espejo una vez más.

—¿Está todo listo?

—Trescientos invitados, incluyendo a la mitad de la élite empresarial del país. Doce

periodistas acreditados. Cobertura en vivo en tres canales. —Sebastián se acercó

hasta quedar detrás de mí, y nuestros ojos se encontraron en el reflejo—. Y los

Mendoza en primera fila.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Invitaste a los Mendoza?

—Por supuesto. Es una boda de sociedad, habría sido sospechoso no invitarlos.

Además —su sonrisa se volvió depredadora—, quiero que vean exactamente lo que

perdieron.

* * *

La capilla privada de la familia Duarte era una joya arquitectónica del siglo XVIII

que había sobrevivido guerras, revoluciones y el paso implacable del tiempo.

Vitrales que filtraban la luz en arcoíris sobre los bancos de madera tallada, un altar

de mármol blanco coronado por un crucifijo de oro, y flores blancas cubriendo cada

superficie disponible hasta que el aire mismo olía a jazmín y promesas.

Caminé por el pasillo del brazo de Eduardo Vásquez, el abogado que había

cambiado mi vida hace apenas unos días, porque no tenía a nadie más que pudiera

hacerlo. Mi padre nunca existió, mi madre estaba muerta, y las personas que creí

mi familia me habían echado como a un perro.

Pero mientras avanzaba hacia el altar, con trescientas personas de pie

observándome, no pensé en lo que había perdido. Pensé en lo que estaba ganando.

Los vi en la tercera fila.

Doña Carmen, rígida como una estatua de hielo, con un vestido negro que parecía

más apropiado para un funeral que para una boda. Rodrigo a su lado, pálido, con

ojeras que sugerían noches sin dormir, mirándome con una expresión que

mezclaba incredulidad y algo que se parecía dolorosamente al arrepentimiento. Y

Mónica, medio paso detrás, con un vestido rojo que gritaba desesperación y una

sonrisa tan falsa que podía verse el esfuerzo desde el altar.

Les sostuve la mirada durante tres segundos exactos, lo suficiente para que

supieran que los había visto, lo suficiente para que entendieran que no me

importaban, y luego giré hacia Sebastián con una sonrisa que era toda para él.

El sacerdote comenzó la ceremonia con palabras que apenas registré, algo sobre el

amor eterno y la unión sagrada, conceptos que no tenían lugar en este matrimonio

de conveniencia pero que sonaban hermosos de todas formas.

—Sebastián Alejandro Duarte Montenegro —dijo el sacerdote—, ¿aceptas a

Valentina como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la

enfermedad, hasta que la muerte los separe?

—Acepto —respondió Sebastián, y su voz resonó en la capilla con una convicción

que casi parecía real.

—Valentina del Carmen Reyes Ruiz, ¿aceptas a Sebastián como tu legítimo

esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la

muerte los separe?

Miré a Sebastián, este hombre que era prácticamente un desconocido, este hombre

que me había ofrecido venganza envuelta en un contrato matrimonial, y dije las

palabras que cambiarían todo:

—Acepto.

—Puede besar a la novia.

No habíamos hablado de esto. El contrato no mencionaba besos, no mencionaba

contacto físico más allá de lo estrictamente necesario para mantener las

apariencias. Pero trescientas personas nos observaban, y entre ellas estaban los

Mendoza, y este era el momento de demostrar que éramos reales.

Sebastián se inclinó hacia mí, y por un segundo vi la pregunta en sus ojos, la

solicitud silenciosa de permiso. Asentí casi imperceptiblemente, y entonces sus

labios encontraron los míos.

El beso fue suave al principio, casi casto, el tipo de beso que se espera en una

ceremonia religiosa. Pero entonces algo cambió, algo se encendió, y su mano

encontró mi cintura y me acercó hacia él, y el beso se profundizó de una manera

que hizo que el calor subiera a mis mejillas y que olvidara por completo dónde

estábamos.

Cuando nos separamos, la capilla estalló en aplausos, pero yo apenas los escuché.

Solo podía ver a Sebastián, solo podía sentir el latido acelerado de mi corazón, solo

podía preguntarme qué demonios acababa de pasar.

—Bien actuado —susurró él, tan bajo que solo yo pude oírlo.

Actuado. Por supuesto. Solo estábamos actuando.

Entonces, ¿por qué me temblaban las rodillas?

* * *

La recepción se celebró en los jardines de la mansión Duarte, bajo carpas blancas

iluminadas por miles de luces que convertían la noche en algo mágico. Champán

francés, caviar iraní, un pastel de siete pisos que había requerido tres días de

trabajo, y una orquesta de cámara que tocaba suavemente mientras los invitados

circulaban murmurando sobre la pareja del año.

Yo sonreía, saludaba, aceptaba felicitaciones de personas cuyos nombres olvidaría

en cinco minutos, y todo el tiempo sentía los ojos de los Mendoza clavados en mi

espalda como dagas.

—Señora Duarte.

La voz de doña Carmen cortó el aire como un cuchillo oxidado. Me giré para

encontrarla de pie frente a mí, con Rodrigo y Mónica flanqueándola como soldados

obedientes.

—Doña Carmen —respondí, con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Qué amable

de su parte venir a nuestra boda.

—No podía perderme el espectáculo —dijo ella, recorriéndome con la mirada de

arriba abajo—. Aunque debo admitir que me sorprende. No pensé que fueras capaz

de caer tan bajo.

—¿Tan bajo como casarme con un hombre exitoso que me valora? —pregunté,

arqueando una ceja—. Tiene razón, es terrible. Debería haber seguido limpiando el

desastre de su familia.

Rodrigo dio un paso adelante, y vi en sus ojos algo que nunca había visto durante

nuestro matrimonio: celos. Celos reales, ardientes, del tipo que quema.

—Valentina, esto es una locura —dijo, bajando la voz—. Duarte te está usando. No

sabes en qué te has metido.

—¿Y tú sí sabes en qué me metiste cuando me echaste a la calle? —repliqué—.

¿Cuando me dijiste que ya no servía? ¿Cuando dejaste que tu madre me llamara

don nadie?

—Eso fue...

—Fue exactamente lo que quisiste que fuera —lo interrumpí—. Y ahora, si me

disculpan, tengo invitados que atender. Invitados que realmente quieren estar aquí.

Me di vuelta para alejarme, pero la voz de doña Carmen me detuvo:

—Esto no ha terminado, Valentina. Voy a descubrir qué estás tramando con

Duarte, y cuando lo haga, voy a destruirte. A ti y a tu patético matrimonio de

mentira.

Me giré una última vez, y esta vez mi sonrisa fue genuina.

—Puede intentarlo, doña Carmen. Pero le advierto algo: la última vez que me

subestimó, terminé casada con el hombre más rico de la ciudad. Imagínese lo que

puedo lograr ahora que realmente estoy prestando atención.

Caminé hacia donde Sebastián conversaba con un grupo de empresarios, sintiendo

la rabia de los Mendoza quemándome la espalda. Cuando llegué a su lado, él pasó

un brazo por mi cintura con la naturalidad de un esposo enamorado.

—¿Problemas? —murmuró en mi oído.

—Nada que no pueda manejar.

—Bien. Porque acabo de recibir un mensaje. —Su expresión se endureció—. Mi tío

Alejandro contrató a un investigador privado. Está buscando cualquier cosa que

pueda usar para invalidar nuestro matrimonio.

El champán se volvió amargo en mi boca.

—¿Qué tan malo puede ser?

—Depende —dijo Sebastián, mirándome con una intensidad que me hizo contener

el aliento—. ¿Hay algo en tu pasado que no me hayas contado?

Pensé en el secreto que había guardado durante años, el secreto que ni siquiera

Rodrigo conocía, el secreto que podría destruirlo todo.

—Todos tenemos secretos —repetí las mismas palabras que le había dicho antes.

Pero esta vez, Sebastián no sonrió.

—Entonces será mejor que me cuentes los tuyos antes de que Alejandro los

encuentre. Porque si hay algo que pueda usar contra nosotros, lo encontrará. Y no

tendrá piedad.

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