El vestido de novia costaba más que todo lo que había ganado en diez años de
matrimonio con Rodrigo. Me observé en el espejo del vestidor, apenas
reconociendo a la mujer que me devolvía la mirada. Seda italiana color marfil que
caía como agua sobre mi cuerpo, un escote que sugería sin revelar, y una cola que
se arrastraba tres metros detrás de mí como la promesa de algo grandioso. El
diseñador había volado desde Milán específicamente para los ajustes finales, y
ahora estaba arrodillado a m