El sonido del motor de la lancha era un zumbido monótono que, extrañamente, ayudaba a calmar los latidos desbocados de mi corazón.
Navegábamos a oscuras, sin luces de navegación, guiados solo por la destreza de Sebastián y el GPS de la consola tenue. Emma dormía en mis brazos, envuelta en dos mantas térmicas. Su respiración era pesada, entrecortada por algún sollozo ocasional incluso en sueños.
—¿Tienen frío? —preguntó Sebastián. Su voz apenas se elevaba sobre el viento. No sonaba como el ejecu