La lluvia en Vancouver no limpia nada; solo lo esconde.
Conducía por la carretera costera, mis ojos saltando del asfalto negro al espejo retrovisor cada dos segundos. Emma estaba hecha un ovillo en el suelo del asiento trasero, cubierta con mi chaqueta empapada. No lloraba. El silencio de mi hija era más aterrador que sus gritos.
—Mamá —susurró—, tengo frío.
—Lo sé, mi amor. Aguanta un poco más.
El indicador de gasolina marcaba menos de un cuarto. Sebastián había dejado el auto preparado, pero