Zúrich no olía a dinero. Olía a algo más peligroso: a silencio.
El aire gélido de los Alpes me golpeó la cara en cuanto bajamos del jet privado, una bofetada invisible que me recordó que estábamos lejos de casa. Lejos de la seguridad. Lejos de todo lo que conocía. Sebastián bajó detrás de mí, ajustándose el abrigo de lana negra con la precisión de un general que revisa su armadura antes de la batalla. Su rostro era una máscara de piedra. Mandíbula tensa. Ojos fijos en el horizonte gris.
—El coc