Corrimos.
No hubo elegancia. No hubo glamour. Solo la desesperación cruda de dos animales intentando escapar de la jaula antes de que cayera el cerrojo.
Salimos por la puerta de servicio, empujando una salida de emergencia que gritó una alarma estridente en la calle trasera. La nieve caía ahora con furia, una cortina blanca y densa que borraba el mundo. El frío me mordió la piel a través del abrigo, clavándose en mis huesos como agujas de hielo.
—¡Al coche! —gritó Sebastián, arrastrándome por e