El consultorio del doctor Navarro estaba en el piso doce de un edificio médico en Polanco, lejos de las clínicas que frecuentaba la familia Duarte y sus conocidos. Lo había elegido precisamente por eso: anonimato. Privacidad. Un lugar donde nadie pudiera reconocerme.
La sala de espera olía a desinfectante y ambientador de lavanda. Había otras tres mujeres esperando, cada una perdida en sus propios pensamientos, sus propios miedos. Me senté en la silla más alejada de la puerta y traté de controla