La cafetería donde Rodrigo sugirió encontrarnos dos horas después era uno de esos lugares anónimos en el distrito financiero, lleno de ejecutivos tomando cafés expresos mientras revisaban correos que determinarían el destino de empresas. Nos sentamos en una mesa del fondo, lo más alejados posible de oídos curiosos, aunque Solano había hecho un barrido de seguridad y confirmado que el lugar estaba limpio de dispositivos de escucha.
Rodrigo llegó con carpetas, una laptop y la expresión de un homb