La mañana llegó sin que ninguno de los dos hubiéramos dormido realmente. Sebastián y yo pasamos las horas revisando cada documento que Rodrigo nos había entregado, cada número en ese papel amarillento que yo había escrito hace ocho años sin saber que estaba firmando mi participación involuntaria en una red criminal.
Carolina llamó a las seis de la mañana con noticias.
—Mis contactos en ciberseguridad analizaron la estructura del Proyecto Fénix —dijo, su voz cargada de cafeína y agotamiento—. Co