El silencio que siguió a las palabras de Emma fue más ensordecedor que la tormenta de afuera.
Sebastián permaneció inmóvil, la toalla olvidada a sus pies, el rostro convertido en una máscara de dolor que intentaba ocultar sin éxito.
Sus ojos, normalmente impenetrables, brillaban con algo que me partió el corazón. Rechazo.
Emma no lo miraba. Había girado hacia el fuego, los hombros pequeños temblando bajo la manta que la envolvía.
—Voy a prepararte algo caliente —dije, rompiendo la tensión—. Deb