Capítulo 5

La humillación pública de Lucius no había sido el final, sino el inicio de una guerra silenciosa. Donato, previsiblemente, incrementó la seguridad y aisló a Isabela aún más dentro de la mansión, convirtiendo su dorada prisión en una fortaleza. Pero Lucius no era hombre de asaltos frontales. Era un cirujano de la venganza, que prefería usar un escalpelo antes que un martillo. Y su escalpelo tenía un nombre: Elisa.

La noticia llegó una semana después de la recepción, no con un estruendo, sino con un susurro venenoso. Un sobre anónimo, de papel grueso y aroma a tabaco caro, apareció entre la correspondencia personal de Isabela. Dentro, no había una amenaza, sino una invitación. O, más bien, un billete para un viaje al pasado de Donato. Era una fotografía en blanco y negro, desgastada en los bordes. En ella, un Donato más joven, con los ojos no tan fríos pero infinitamente más desolados, tenía el brazo alrededor de los hombros de una mujer de sonrisa radiante y pelo oscuro cayéndole en on
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