La lluvia acariciaba los cristales del penthouse como dedos ansiosos. Isabela llevaba tres semanas en su nuevo régimen: días de inmersión en datos financieros, tardes de estudios de casos de la Fundación Verdina, noches de eventos donde su sonrisa se había vuelto una armadura más efectiva que cualquier joya. Donato observaba, impresionado y cauteloso. Su "alumna" aprendía rápido, demasiado rápido. La sugerencia de Isabela de atacar a Lucius había sido archivada, por ahora. "Primero debemos ser inquebrantables", había dicho Donato. "Luego, cuando nos subestime, golpearemos."
Pero el subestimado, esta vez, fue Donato.
La llamada llegó a las 2:17 a.m., rompiendo el silencio de la noche. Era el médico personal de Mateo, el Dr. Ruiz, su voz tensa y urgente.
—Señora Verdina, es su hermano. Ha habido… una complicación. Una infección severa, sepsis. No responde a los antibióticos de primera línea. Lo hemos trasladado a la unidad de cuidados intensivos.
Isabela se incorporó de un salto, el cor