El silencio en el estudio era denso, cargado con el polvo de un dolor antiguo y el terror de uno nuevo. Isabela veía a Donato no como el titán de acero que la tenía cautiva, sino como un hombre cuyo corazón había sido extirpado con el mismo escalpelo frío que él ahora utilizaba con el mundo. Por un fugaz, peligroso instante, sintió empatía.
Pero la grieta en la armadura se selló tan rápido como había aparecido. Donato enderezó la espalda, sus ojos recobrando esa intensidad glacial que Isabela conocía demasiado bien.
—Lucius cree que esto me debilita. Que al desenterrar a Elisa, me encontrará vulnerable —dijo, recogiendo por fin la fotografía. No la rompió, sino que la abrió un cajón del escritorio y la guardó, como archivando un espécimen peligroso—. Se equivoca. Elisa me enseñó la lección definitiva: la gratitud es un mito. El amor, un colateral inestable. Lo único perdurable es el control. Un control total, desde el principio.
Isabela sintió que la empatía se congelaba en sus venas.