La madrugada en el penthouse tenía una cualidad silenciosa y antinatural, como si la ciudad a sus pies respirara con cautela. A las 6:55 a.m., Isabela ya estaba sentada en la sala de conferencias adjunta al estudio de Donato, con un vestido sencillo color gris perla y una taza de café negro entre las manos. Había dormido poco, su mente dando vueltas alrededor de las revelaciones de la noche anterior. La fotografía de Elisa, la red oculta de la Fundación Verdina, la fría lógica de la mutua destrucción asegurada. No era solo un acuerdo marital lo que la ataba a Donato ahora; era una conspiración.
La puerta se abrió exactamente a las siete.
La primera tutora era una mujer de unos cincuenta años, de rostro anguloso y pelo negro recogido en un moño perfecto. Se llamaba Clara Vance, y según Donato, había sido la estratega de comunicación detrás de tres campañas presidenciales y el rediseño de imagen de dos corporaciones al borde del escándalo.
—Señora Verdina —dijo Clara, sin sonreír, depos