La quietud después de la tormenta era más pesada que el pánico. Mateo sobrevivió. La terapia experimental, un cóctel de antibióticos de espectro ultrarreducido y nanotransportadores de fármacos, había vencido a la bacteria diseñada. Pero la victoria tenía el sabor amargo de un veneno conocido. Mateo estaba demacrado, sus ojos antes brillantes ahora velados por una fatiga profunda y una confusión residual. La infección había arañado su ya frágil sistema nervioso.
De vuelta en el penthouse, el régimen de Isabela se intensificó. Pero ya no era la estudiante pasiva. Había probado el poder de la red, había sentido el filo de su propia voluntad al doblar a otro ser humano a sus necesidades. Y algo en ella se había solidificado.
La sesión con Clara Vance esa mañana fue diferente. Clara expuso un recorte de un periódico financiero. El titular rezaba: ¿Cracks en el muro? Rumores de una enfermedad en la familia Verdina ponen nerviosos a los inversores.
—Lucius filtra —dijo Clara, con su tono se