Donato no respondió de inmediato. Se volvió hacia el escritorio y tomó la fotografía descolorida. La observó no con nostalgia, sino con la frialdad de un cirujano examinando una radiografía de una herida mal curada.
—Muy bien —concedió, su voz un susurro ronco en la penumbra creciente—. La pondré en el lugar que le corresponde. Un recordatorio, como dices. Pero no solo del precio de perder. También del precio de la ingenuidad. Elisa creyó que el amor era un refugio contra las transacciones del mundo. Se equivocó. Yo creí que podía eliminar el amor de la ecuación y conservar el control. También me equivoqué. Lucius… Lucius cree que al exponer esta herida, ganará. Veremos.
Dejó la fotografía sobre la mesa, con cuidado, como si fuera un artefacto explosivo. Luego, encendió una lámpara de pie, y un círculo de luz cálida bañó el sofá y las estanterías cercanas, creando un pequeño territorio de tregua en medio del estudio.
—Siéntate, Isabela —indicó, no como una orden, sino como una invitac