La recepción avanzaba, una coreografía perfecta de brillo y falsedad. Isabela sentía la sonrisa pegada a sus labios como una máscara de cera, pesada y ajena. Donato, a su lado, era el maestro de ceremonias, su mano en la espalda de ella una guía firme que también era una cadena. Cada presentación, cada cumplido, era un movimiento más en el ajedrez que Lucius había iniciado.Fue durante el vals, cuando la orquesta entonó una melodía lenta y envolvente, que el primer asalto directo llegó. Donato la condujo por la pista con una precisión fría, su cuerpo rígido contra el suyo.—No has vuelto a temblar —comentó él, su voz baja, solo para sus oídos, mientras giraban—. Has aprendido a convertir el miedo en algo más útil. Furia, tal vez.—No es furia. Es… claridad —respondió Isabela, siguiendo sus pasos, su mente alejándose del bullicio para centrarse en el sonido de su propia voz, sorprendida por su calma—. Me has encerrado en una jaula, Donato. Pero dentro de ella, he descubierto que aún pu
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