La recepción avanzaba, una coreografía perfecta de brillo y falsedad. Isabela sentía la sonrisa pegada a sus labios como una máscara de cera, pesada y ajena. Donato, a su lado, era el maestro de ceremonias, su mano en la espalda de ella una guía firme que también era una cadena. Cada presentación, cada cumplido, era un movimiento más en el ajedrez que Lucius había iniciado.
Fue durante el vals, cuando la orquesta entonó una melodía lenta y envolvente, que el primer asalto directo llegó. Donato