El auto atravesaba la noche como una navaja. Donato manejaba con las manos firmes en el volante, pero Isabela podía ver cómo sus nudillos palidecían cada vez que ella hablaba. Kavian iba atrás, en silencio, la mochila aún apretada contra el pecho.
—Gira aquí —dijo Isabela de repente.
—No es por aquí —respondió Donato.
—Gira aquí —repitió ella, con una calma que helaba más que un grito.
Donato obedeció. El coche se internó por un camino de tierra que los árboles devoraban segundo a segundo. Los