El coche se detuvo en seco. Donato apagó las luces y el motor, y los tres quedaron sumergidos en una oscuridad tan densa que parecía sólida.
—¿Por qué paramos? —preguntó Kavian, agazapado en el asiento trasero como un animal acorralado.
—Porque delante hay un control —respondió Donato, señalando con la barbilla hacia un punto difuso donde dos faros inmóviles cortaban la niebla—. No es policía. Son ellos.
Isabela se inclinó entre los asientos. Divisó una camioneta negra atravesada en el camino,