El laboratorio era más pequeño de lo que Isabela había imaginado. Una mesa de acero en el centro, dos brazos mecánicos colgando del techo como insectos muertos, una hilera de monitores apagados. Y en la pared del fondo, una vitrina con frascos. No de reactivos. De médula. De sangre. De tejido. Cada uno etiquetado con una fecha y un nombre que ella no quería reconocer.
—Mateo, acuéstate aquí —dijo Elisa, señalando la mesa con una naturalidad que helaba.
Mateo obedeció sin dudar. Isabela quiso