El coche avanzaba por la carretera de montaña con las luces apagadas. Donato manejaba con una mano, la otra apretando el brazo de Isabela como si temiera que fuera a desvanecerse. Pero ella no se desvanecía. Se quedaba. Como siempre.
Mateo estaba en el asiento trasero, envuelto en una manta que alguien había dejado en el maletero. Dormía. O tal vez solo fingía. Isabela no se atrevía a mirarlo por mucho tiempo. Cada vez que lo hacía, veía al niño de ocho años que aprendió a caminar sin que ella