Capítulo 30

El coche avanzaba por la carretera de montaña con las luces apagadas. Donato manejaba con una mano, la otra apretando el brazo de Isabela como si temiera que fuera a desvanecerse. Pero ella no se desvanecía. Se quedaba. Como siempre.

Mateo estaba en el asiento trasero, envuelto en una manta que alguien había dejado en el maletero. Dormía. O tal vez solo fingía. Isabela no se atrevía a mirarlo por mucho tiempo. Cada vez que lo hacía, veía al niño de ocho años que aprendió a caminar sin que ella
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