Apenas Donato giró el picaporte, el aire del vestíbulo cambió. No era el timbre de un mensajero ni el de un invitado casual. Era el zumbido seco de un hombre que ha estado despierto cuarenta y ocho horas y ha dejado de medir las consecuencias.
Kavian entró sin esperar permiso.
Su barba, más canosa que la última vez, parecía haber crecido en desorden deliberado. Llevaba una mochila raída sobre el hombro y las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta de cuero que había visto días mejores. P