La puerta de acero cayó hacia adentro con un estruendo que hizo vibrar el suelo.
Isabela no se movió.
El hombre del traje —De Luca— entró primero, con la pistola baja pero lista. Detrás de él, tres hombres armados con rifles y linternas tácticas. Detrás de ellos, la noche abierta como una herida.
De Luca la miró. Sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—La hija pródiga —dijo, con un acento que arrastraba décadas de poder impune—. Siempre supe que terminarías aquí.
Isabela no respond