Los ojos de Elisa se endurecieron.
—No es que no me sirva. Es que ya no puedo protegerlo. Los hombres que buscan lo que él tiene adentro están más cerca que nunca. Si no se va esta noche, no va a salir nunca más.
—¿Qué tiene adentro? —preguntó Isabela, sintiendo que cada respuesta abría tres nuevas preguntas.
Mateo apoyó el bastón contra la pared, se enderezó con esfuerzo, y caminó hasta ella. La abrazó. Lloró contra su hombro, como cuando era niño y tenía pesadillas.
—Tengo algo en la sangre —