No lo sabía. Pero necesitaba decirlo. Necesitaba que alguien lo dijera. Aunque fuera mentira.
Elisa se acercó gateando. Le tomó la mano a Mateo. Él no la rechazó. Tampoco la aceptó. Solo la dejó estar, como se deja estar una lluvia que no puedes parar.
—Tiene que volver a aprender a caminar —dijo Elisa, en voz baja—. Y a comer. Y a respirar sin ayuda. Todo sin ayuda quince años de rehabilitación secreta… se lo llevó la sobredosis. Vuelve a ser el niño de ocho años que no podía levantarse de la