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Capítulo 3: La Fiesta De Compromiso.

El amanecer se filtró por las pesadas cortinas de seda, hiriendo los ojos de Sofía con una claridad implacable. Antes de abrir los párpados, lo primero que la golpeó fue una jaqueca rítmica y punzante, un martilleo constante que parecía nacer detrás de sus sienes y extenderse por toda su cabeza. El aire en la habitación era fresco, pero su cuerpo se sentía pesado, como si estuviera anclada al colchón por el peso de sus propias decisiones.

​Al intentar moverse, sintió un calor sólido y firme a su espalda. Un brazo musculoso y pesado rodeaba su cintura, manteniéndola pegada a un torso ancho que respiraba con una calma acompasada. El recuerdo de la noche anterior regresó en ráfagas desordenadas y violentas: el desprecio de Joel, el ardor de la ginebra en su garganta y el refugio que encontró en los brazos de este hombre cuyo rostro apenas podía reconstruir en su memoria.

​Sofía contuvo el aliento, con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas. Con una lentitud agónica, bajó la mirada y confirmó lo que su piel ya sabía: estaba completamente desnuda bajo las sábanas de lino fino. La realidad de haberse entregado a un total desconocido, movida por el despecho y el alcohol, la golpeó con más fuerza que la propia resaca.

​Con un esfuerzo sobrehumano para no despertar al hombre que dormía a su lado, Sofía comenzó a deslizarse hacia el borde de la cama. Cada movimiento enviaba una nueva descarga de dolor a su cabeza, pero la urgencia de huir era superior a cualquier malestar físico. Necesitaba salir de esa suite, recuperar su ropa y esconderse en la seguridad de su departamento antes de tener que enfrentar la mirada de aquel extraño que, en medio de la oscuridad, le había hecho olvidar —aunque fuera por unas horas— que su vida acababa de romperse en mil pedazos.

Sofía logró zafarse de las sábanas con una agilidad nacida del pánico. Sus dedos, aún temblorosos, rescataron el vestido de seda perla que yacía abandonado en la alfombra como un recordatorio mudo de su rendición. Se vistió a trompicones, sin detenerse a buscar sus tacones, prefiriendo sentir el frío del suelo antes que permanecer un segundo más en esa habitación donde el aire todavía vibraba con el eco de una pasión que no terminaba de reconocer como propia.

​Al abrir la pesada puerta de la suite, la luz del pasillo la cegó momentáneamente, intensificando el martilleo en su cabeza. Frente a ella, dos hombres de seguridad, vestidos con trajes oscuros impecables y auriculares apenas visibles, custodiaban la entrada con una rigidez militar.

​Sofía se detuvo en seco, bajando la mirada y tratando de ocultar su rostro desordenado tras su melena rubia, esperando ser interceptada o cuestionada. Sin embargo, los guardias ni siquiera se tensaron. Sus miradas eran gélidas, profesionales y completamente carentes de juicio. La observaron pasar con una indiferencia absoluta, con esa calma mecánica de quienes han visto desfilar a innumerables mujeres por ese mismo umbral. Para ellos, ella no era más que otro episodio en la rutina de su jefe, una presencia pasajera en el santuario del hombre más poderoso de la ciudad.

​Esa mirada, tan natural y carente de sorpresa, fue como una bofetada de realidad para Sofía. Se sintió pequeña, una pieza más en un engranaje de lujos y excesos que no comprendía. Apuró el paso por el pasillo infinito, sintiendo que las paredes del hotel la asfixiaban.

​Al llegar a la calle, el ruido estridente de Nueva York la golpeó de lleno. Levantó la mano para detener un taxi, deseando con todas sus fuerzas que el movimiento de la ciudad lograra borrar la sensación de las manos de aquel extraño sobre su piel y, sobre todo, el vacío devastador que Joel había dejado en su corazón. Sofía solo quería llegar a su departamento, cerrar la puerta con llave y desaparecer, sin sospechar que el hombre que acababa de dejar atrás no era alguien que aceptara un adiós

El agua caía con una fuerza punzante, pero no era lo suficientemente caliente como para disipar el frío que Sofía sentía calado en los huesos. En la intimidad de su baño, rodeada de los azulejos sencillos de ese modesto apartamento que había conseguido tras años de extenuantes jornadas en las pasarelas de Nueva York, frotó su piel con una urgencia desesperada. Quería arrancar el rastro del perfume de aquel extraño, la sensación de sus dedos firmes y el eco de una pasión que, a la luz del día, se sentía como una traición a sí misma.

​Cada rincón de ese hogar le recordaba su esfuerzo. Había pasado de ser una joven con sueños a una modelo respetada, ahorrando cada centavo de sus contratos para tener un lugar propio, un refugio que Joel siempre se negó a compartir plenamente. Mientras el vapor llenaba la estancia, las lágrimas finalmente se mezclaron con el agua. La humillación de la noche anterior regresaba en ráfagas: la cara de Joel al confesar su boda estratégica y la facilidad con la que ella se había entregado a un hombre sin nombre solo por no querer sentir el vacío del abandono.

​Se envolvió en una toalla blanca y caminó hacia la sala, sintiéndose una extraña en su propia casa. El silencio de su apartamento, antes un símbolo de su independencia y éxito, ahora era un recordatorio ensordecedor de su soledad. Se dejó caer en el sofá, con el cabello húmedo goteando sobre sus hombros, mientras la jaqueca de la resaca comenzaba a ser eclipsada por una angustia mucho más profunda.

El sonido del timbre cortó el silencio sepulcral del apartamento como una descarga eléctrica. Sofía, envuelta aún en la toalla y con el alma en vilo, se acercó a la puerta con pasos vacilantes. Al abrir, no encontró a nadie; solo el paquete de correspondencia que el portero dejaba puntualmente cada mañana sobre el tapete.

​Con manos temblorosas, recogió el fajo de papeles y regresó al sofá. El papel satinado de la revista de sociedad más influyente de la ciudad brillaba bajo la luz matutina, y allí, en la portada, el mundo se le terminó de desmoronar. Una fotografía a toda página mostraba a Joel Walson, luciendo una sonrisa de triunfo que ella jamás le había visto, rodeando con el brazo a una mujer de porte aristocrático y mirada gélida. El titular, en letras doradas y ofensivas, anunciaba el "Compromiso del Siglo".

​Sofía recorrió con los ojos cada detalle de la imagen. La mujer, una heredera cuyo apellido resonaba en los círculos financieros más poderosos, lucía un diamante que hacía que el pequeño anillo que Joel le había dado a ella pareciera una baratija. La nota detallaba con precisión quirúrgica el lugar de la celebración: el salón más exclusivo del Hotel Palace, un sitio donde solo la verdadera élite de Nueva York tenía acceso.

​La rabia, una emoción pura y ardiente, comenzó a sustituir al dolor. Ver la fecha y la hora —esa misma tarde— grabadas en el papel, fue el detonante final. Joel no solo la había desechado, sino que ya estaba celebrando su nueva vida sobre las ruinas de la de ella. Sofía apretó la revista entre sus manos hasta arrugar el papel, sintiendo cómo una determinación fría se instalaba en su pecho. Ya no le importaba la jaqueca, ni la vergüenza de la noche anterior. Si Joel pensaba que podía borrarla de su existencia sin enfrentar las consecuencias, estaba muy equivocado.

Sin pensarlo dos veces, se puso de pie y se dirigió al armario. Iba a buscar el vestido más impactante que tuviera, uno que le recordara a Joel exactamente qué era lo que estaba dejando atrás. Si él quería una fiesta de compromiso perfecta, ella se encargaría de que fuera una que Nueva York nunca olvidaría.

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