Mundo ficciónIniciar sesiónEl hombre no apartaba la vista de ella. Desde la penumbra de un reservado tapizado en cuero,
Sofía, ajena a la vigilancia, pidió una cuarta ronda. El barman, acostumbrado a los naufragios emocionales de la élite neoyorquina, sirvió el licor sin cuestionar. Ella lo bebió de un trago, sintiendo cómo el fuego líquido le raspaba la garganta, pero ni siquiera ese ardor lograba mitigar el frío que Joel había instalado en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la palabra "estratégico" resonando en su cabeza como un insulto. vio cómo el cuerpo de la mujer comenzaba a ceder ante el peso del alcohol. Sus hombros, antes erguidos con orgullo, ahora se hundían, y su melena rubia caía desordenada sobre su rostro. Ella era una visión de ruina absoluta, y para un hombre que se alimentaba de las debilidades ajenas, nunca había lucido tan atractiva. Él se puso de pie, ajustándose el saco hecho a medida con una parsimonia aterradora. Caminó hacia la barra con la seguridad de quien es dueño del aire que los demás respiran. Cuando llegó a su lado, el perfume de Él —una mezcla de tabaco caro y madera— envolvió el espacio de Sofía, rompiendo la burbuja de autocompasión en la que ella estaba sumergida. —Esa bebida no va a borrar los recuerdos, solo los hará más borrosos —dijo él con una voz profunda, barítona, que vibró en la nuca de Sofía. Ella giró la cabeza con lentitud, sus ojos empañados tratando de enfocar al extraño. Lo que vio fue un rostro de facciones duras, una mandíbula firme y una mirada que prometía un peligro mucho más emocionante que el dolor que estaba sintiendo. —¿Y quién dice... que quiero borrarlos? —balbuceó ella, con la lengua entorpecida por la borrachera—. Solo quiero que dejen de quemar. Él esbozó una sonrisa imperceptible, una mueca de triunfo. Extendió una mano hacia el barman, cancelando la cuenta de Sofía con un gesto autoritario. —Entonces necesitas algo más fuerte que el alcohol —sentenció él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Y yo tengo exactamente lo que buscas.—Este lugar es demasiado ruidoso para una mujer con tantas penas —murmuró al oído de Sofía, guiándola con suavidad pero determinación hacia la salida del bar. Al salir, el aire gélido de la madrugada neoyorquina golpeó el rostro de Sofía, haciéndola tambalear. Una limusina negra de cristales blindados aguardaba frente a la acera, como una sombra esperando devorarlos. El chofer, con una eficiencia robótica, abrió la puerta de inmediato. Sofía, con la mirada perdida en las luces borrosas de la ciudad, se dejó caer en los asientos de cuero del vehículo. El interior olía a éxito y a secretos. Él se sentó frente a ella, observándola con una paciencia depredadora mientras el auto se deslizaba silenciosamente por la Quinta Avenida. —¿A dónde... a dónde me llevas? —preguntó ella, intentando enfocar la figura de aquel hombre que emanaba un poder que la hacía sentir pequeña. Ella no sabía quién era él, pero el peso de su tristeza era tan grande que cualquier refugio le parecía un paraíso. La limusina se detuvo frente a uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad. El elegante hombre la ayudó a bajar, sosteniéndola con fuerza cuando sus piernas amenazaron con fallar. Al entrar en la suite presidencial, el lujo era tan abrumador que Sofía se sintió mareada. En su dolor y borrachera, solo deseaba cerrar los ojos y dejar de sentir el vacío en el pecho. Sin embargo, al ver a aquel hombre quitarse el saco y servirse una última copa, Sofía sintió una extraña mezcla de miedo y fascinación. Esa noche, el dolor de la traición de Joel se transformaría en el combustible de una pasión prohibida que ninguno de los dos podría controlar. La bruma del alcohol y el eco punzante de las palabras de Joel habían anulado cualquier rastro de prudencia en Sofía. En esa suite bañada por la luz plateada de la luna neoyorquina, el desconocido se alzaba frente a ella como un titán de sombras. Ella no buscaba amor, ni siquiera consuelo; buscaba una forma de aniquilar la versión de sí misma que aún lloraba por una promesa rota. Con manos temblorosas, Sofía buscó el nudo de la corbata de aquel hombre. Él no se movió, permitiendo que ella tomara la iniciativa, observándola con una intensidad que parecía leer cada una de sus heridas. Cuando los dedos de ella rozaron su piel, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche la recorrió por completo. —¿Estás segura de esto? —preguntó él, con esa voz barítona que vibraba en el aire, cargada de una advertencia que ella decidió ignorar. —Solo... haz que me olvide de todo —suplicó ella en un susurro quebrado. Él no necesitó más. Con una fuerza contenida, la atrajo hacia sí, capturando sus labios en un beso que no tuvo nada de dulce. Fue un choque de fuego y desesperación. Sofía se aferró a sus hombros, hundiéndose en la sensación de sus manos firmes recorriendo su espalda, deshaciendo el cierre de su vestido con una destreza que delataba a un hombre acostumbrado a obtener siempre lo que quería. El vestido de seda resbaló por su cuerpo, cayendo al suelo como un pétalo marchito. En su embriaguez, Sofía cerró los ojos, dejando que el aroma a madera y poder de aquel extraño la envolviera por completo. Cada caricia de él era un borrador sobre su piel, eliminando el rastro de los besos de Joel, sustituyendo la humillación por una pasión cruda y abrumadora. Se entregó a él en la inmensidad de esa cama de lino fino, perdiéndose en un torbellino de sensaciones nuevas y salvajes. Bajo el peso de ese cuerpo fuerte y seguro, Sofía se sintió, por primera vez en años, algo más que una mujer oculta: se sintió deseada con una ferocidad que la asustaba y la fascinaba a la vez.






