El hombre no apartaba la vista de ella. Desde la penumbra de un reservado tapizado en cuero, Sofía, ajena a la vigilancia, pidió una cuarta ronda. El barman, acostumbrado a los naufragios emocionales de la élite neoyorquina, sirvió el licor sin cuestionar. Ella lo bebió de un trago, sintiendo cómo el fuego líquido le raspaba la garganta, pero ni siquiera ese ardor lograba mitigar el frío que Joel había instalado en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la palabra "estratégico" resonando en su cabeza como un insulto. vio cómo el cuerpo de la mujer comenzaba a ceder ante el peso del alcohol. Sus hombros, antes erguidos con orgullo, ahora se hundían, y su melena rubia caía desordenada sobre su rostro. Ella era una visión de ruina absoluta, y para un hombre que se alimentaba de las debilidades ajenas, nunca había lucido tan atractiva. Él se puso de pie, ajustándose el saco hecho a medida con una parsimonia aterradora. Caminó hacia la barra con la seguridad de quien es
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