Capítulo 4: ¿Eres... Su Tío?

El Hotel Palace resplandecía bajo la luz de cientos de lámparas de cristal, una fortaleza de opulencia custodiada por hombres de esmoquin y una atmósfera de privilegio absoluto. Sofía entró con la cabeza en alto, ignorando el nudo de nervios que amenazaba con traicionarla. Lucía un vestido negro de seda, ajustado como una segunda piel, que contrastaba con la palidez de su rostro y el brillo desafiante de sus ojos.

​Al cruzar el umbral del salón principal, un camarero se acercó con una bandeja de plata. Ella tomó una copa de vino tinto, sujetando el tallo de cristal con una firmeza que ocultaba el ligero temblor de sus dedos. El líquido carmesí parecía sangre bajo la iluminación cálida del lugar.

​Sin beber una gota, Sofía comenzó a recorrer el salón con la mirada, ignorando las curiosas inspecciones de los invitados de la alta sociedad. Sus ojos buscaron entre los arreglos de orquídeas blancas y las columnas de mármol hasta que, finalmente, lo divisó.

​Joel estaba en el centro de un círculo de hombres de negocios, riendo con esa seguridad arrogante que ella tanto había amado. A su lado, su prometida lucía un vestido de alta costura que gritaba linaje y fortuna. Verlo allí, actuando como si los últimos tres años nunca hubieran existido, encendió en Sofía una chispa de furia que quemó el último rastro de su tristeza. Con la copa en la mano y el corazón latiendo con una fuerza ensordecedora, comenzó a caminar hacia él, decidida a que la perfección de su noche terminara en ese preciso instante.

Sofía se detuvo en seco, con la copa a medio camino de sus labios, cuando el sonido de una campana de plata silenciaba el murmullo de la orquesta. Un maestro de ceremonias, de elegancia impecable, se situó frente al micrófono principal, capturando la atención de los cientos de invitados que abarrotaban el salón.

​—Damas y caballeros —anunció el hombre con una voz que proyectaba autoridad y regocijo—, es un honor para nosotros presentar oficialmente a los futuros herederos de esta unión. Por favor, recibamos con un fuerte aplauso a la feliz pareja: ¡Joel Walson y su prometida!

​El salón estalló en un aplauso unánime y eufórico. Sofía observó, paralizada entre la multitud, cómo Joel tomaba la mano de aquella mujer con una delicadeza que le resultó un insulto. Él la guio con paso firme hacia la escalinata del escenario central, subiendo los peldaños con la seguridad de quien se sabe dueño del mundo.

​Bajo los potentes reflectores, Joel lucía radiante, manteniendo una sonrisa de satisfacción mientras ayudaba a su prometida a situarse frente a todos.

El silencio cayó sobre el salón como un pesado telón de terciopelo. Sofía, con la barbilla en alto y la mirada encendida por una mezcla de rabia y orgullo herido, dio un paso al frente, rompiendo el círculo de invitados.

​—¡Un brindis por los novios! —exclamó con una voz clara y cortante que resonó hasta en el último rincón de la estancia.

​Los invitados se giraron al unísono, confundidos ante la interrupción de aquella mujer desconocida pero arrebatadoramente bella. Sofía alzó su copa de vino tinto con una elegancia desafiante, sosteniendo la mirada de todos los presentes.

​En lo alto del escenario, Joel se quedó petrificado. La seguridad que emanaba hacía solo unos segundos se evaporó de golpe, dejando su rostro de un color cenizo, casi traslúcido bajo las luces de los reflectores. Su mano, que aún sostenía la de su prometida, tembló de forma casi imperceptible. El pánico se instaló en sus ojos al reconocer a la mujer que, apenas veinticuatro horas antes, había desechado como si fuera nada.

Justo cuando las palabras más hirientes quemaban en su garganta, unas manos grandes y firmes se cerraron sobre sus hombros, deteniéndola con una autoridad que no admitía réplica. El contacto fue como una descarga eléctrica que le recorrió la espalda; era una calidez que su cuerpo reconoció antes que su mente.

​Sofía se tensó, dejando la frase a medias mientras el murmullo de los invitados crecía. Giró la cabeza con lentitud, encontrándose con unos ojos oscuros que la observaban con una mezcla de advertencia y una extraña posesión. Era él. El hombre del bar, el dueño de la suite, el extraño que esa misma mañana la había mantenido cautiva entre sus brazos.

​—Basta —susurró él, con esa voz barítona que la hizo estremecer—. No te rebajes a este espectáculo.

​Sofía lo miró con total incredulidad, con la respiración entrecortada. Su rostro le resultaba tan familiar que le dolía, pero no lograba ubicarlo fuera de la penumbra de la noche anterior. ¿Qué hacía él en la fiesta de compromiso de los Walson? ¿Cómo podía caminar con tanta seguridad en ese salón, como si fuera el verdadero dueño del lugar?

Una vez en el pasillo, lejos de las miradas curiosas y el murmullo del escándalo, él soltó sus hombros pero mantuvo una cercanía que resultaba asfixiante. El silencio del corredor, alfombrado y lujoso, solo era interrumpido por la respiración agitada de Sofía.

​—¡Suéltame! —logró articular ella, aunque la voz le salió más débil de lo que pretendía—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

—Creo que debemos empezar por las formalidades, ya que anoche omitimos las presentaciones —dijo él, con una voz que recuperaba ese tono barítono y aterciopelado—. Mi nombre es Gerard Gelacio.

​Sofía se pegó a la pared, apretando las manos sobre su estómago. El nombre resonó en su mente como una sentencia.

​—Soy el hermano de la madre de Joel —continuó él, observando la palidez en el rostro de ella sin mostrar una gota de arrepentimiento.

—¿El tío de Joel? —repitió ella en un susurro cargado de horror, con los ojos fijos en el hombre que la observaba con una calma imperturbable—. Me acosté con el hermano de su madre... Dios mío, esto no puede estar pasando.

​La náusea la golpeó con fuerza. La imagen de Gerard en la penumbra de la suite, susurrándole al oído mientras la hacía suya, se mezcló con la imagen de Joel en el escenario, pálido y aterrorizado al verlos juntos. Todo el dolor de la traición de Joel ahora se veía empañado por una capa de culpa y confusión absoluta.

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