Mundo ficciónIniciar sesión—Eres un monstruo —soltó Sofía, encontrando finalmente la voz entre el caos de sus pensamientos—. Lo sabías. Sabías perfectamente quién era yo cuando me hablaste en ese bar. Me viste destruida y decidiste usarme para... ¿para qué? ¿Para burlarte de tu sobrino?
Gerard se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Sofía pudo ver el reflejo de su propia confusión en las pupilas oscuras del hombre. Su voz bajó un tono, volviéndose más profunda, despojada de la frialdad anterior. —Te equivocas en algo, Sofía —dijo él, manteniendo la mirada fija en ella—. No te conocía. No sabía que eras la mujer de Joel cuando te vi en ese bar. Solo vi a una mujer hermosa que se estaba hundiendo en alcohol y tristeza, y decidí que no quería dejarla sola. Sofía lo observó, buscando una mentira en sus facciones, pero el rostro de Gerard era una máscara de honestidad brutal. Sofía sintió un escalofrío. La confesión de que su encuentro había sido, en efecto, una casualidad del destino, no la hacía sentir mejor; la hacía sentir predestinada a un desastre mayor. Sofía sentía que el mundo giraba. Estaba allí, en medio de la fiesta de compromiso del hombre que amó, sostenida por el hombre con el que había pasado la noche más prohibida de su vida. El contraste era brutal: Joel representaba el pasado de promesas rotas, mientras que Gerard, con su mano firme sobre ella, representaba un presente peligroso y oscuro. —Vámonos —susurró Gerard al oído de Sofía. Al subir al vehículo, el silencio del interior acolchado fue un bálsamo para los oídos de Sofía, aunque su corazón seguía latiendo con una fuerza ensordecedora. Gerard se sentó frente a ella, observando cómo Sofía se abrazaba a sí misma, temblando por la adrenalina y el dolor. Él se tomó un momento para observar el desastre que acababan de provocar y, con una voz desprovista de la dureza de hace un momento, le lanzó la propuesta definitiva. — No llores mas, te propongo que seas mi amante, y si me das el hijo varón que necesito para quedarme con la fortuna Gelacio, serás mi esposa. —¿Un hijo? —susurró ella, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿Me estás pidiendo que te dé un heredero para ganar una guerra de dinero contra tu propia familia? Gerard no parpadeó. Su postura seguía siendo la de un hombre que cierra un trato de negocios, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad posesiva. —Mi hermana ha manipulado el testamento de nuestro padre para que el primer nieto varón asegure el control mayoritario del Grupo Gelacio —explicó él, con una calma aterradora—. Joel cree que casándose con esa heredera ganará la carrera. Pero si tú tienes a mi hijo, él perderá todo. La fortuna, el apellido, el poder... todo pasará a mis manos, y por extensión, a las tuyas. Gerard se inclinó hacia ella, acortando la distancia física, envolviéndola en su aura de poder y ambición. —Estás loco —susurró ella, con la voz trémula—. No soy un objeto que puedas usar para tus guerras de poder. No voy a vender mi cuerpo ni la vida de un hijo por tu ambición. ¡Detén el auto, quiero bajarme! Gerard soltó su mano con una indiferencia que dolió más que cualquier insulto. Se recostó en el asiento de la limusina, cruzando las piernas con elegancia, y clavó en ella una mirada desprovista de toda la calidez que había mostrado minutos antes. —Está bien, Sofía —dijo él, con una voz gélida que cortaba el aire—. Baja del auto. Vuelve a ese apartamento y espera a que el sol salga mañana. Hizo un gesto vago con la mano hacia la ventana, donde las luces de Nueva York seguían brillando ajenas a su tragedia. —Quédate ahí, sentada en tu sala, y mira el televisor. Mira cómo Joel y su nueva esposa aparecen en cada portada, sonriendo, celebrando su éxito, mientras tu lloras por su burla, por su traición y su engaño. Sofía sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Gerard eran como puñales, porque sabía que cada una de ellas era verdad. Gerard tomó su teléfono, dando por terminada la conversación, y le indicó al chofer con un golpe seco en el cristal que se detuviera en la siguiente esquina. —Bájate —sentenció sin mirarla—. Si prefieres ser la víctima de la que Joel se burla antes que la mujer que lo pone de rodillas, no tengo nada más que decirte. La puerta está abierta. Sofía miró la puerta de la limusina y luego la figura implacable de Gerard. El vacío del futuro que le esperaba afuera, lleno de humillación y burlas de su ex prometido, empezó a pesar mucho más que el miedo al trato que Gerard le ofrecía. El motor de la venganza terminó de encenderse en su pecho, justo cuando su mano rozaba la manija para salir. — Esta bien, Acepto — Responde ella.






