Salvatore estaba teniendo una mañana bastante buena hasta que Ismaele se presentó en su casa. Con los reporteros aun al acecho, no era una opción dejarlo afuera. Él habría aprovechado la oportunidad para hablar del padre devoto que era y que no le permitían ver a su hija. De hecho, le sorprendía que aún no lo hubiera hecho.
Al entrar a su despacho encontró a Ismaele sentado en una de las sillas disponibles con los pies cruzados sobre el escritorio. Su mirada llena de ambición recorría el lugar