Era como comer después de un mes de ayuno forzado, y ella no ayudaba a calmar esa voracidad; al contrario, sus caricias se clavaban en su alma. Isabella comenzó a quitar la correa de su pantalón con manos expertas pero temblorosas por la emoción. Al sentir sus dedos tan cerca de su sexo, Leo estuvo a punto de perder la razón. Quiso desmayarse de placer y, al mismo tiempo, poseerla con la fuerza de un cavernícola, pero se contuvo.
—Espera —le pidió con la voz ronca.
En un movimiento rápido y coo