Ashareen sonreía con una mezcla de triunfo y empatía, pero Isabella no podía dar crédito a lo que veía. En sus manos descansaba un cheque por la cantidad de 5.000.000 €, una cifra tan grosera y astronómica que le provocaba vértigo. Era el precio de su libertad, el fin de su condena, y sin embargo, se sentía como una trampa de oro.
—Acéptalo —insistió Ashareen, sosteniendo las manos de Isabella entre las suyas con firmeza—. No me mires como si fuera un fantasma. Es real.
—No… Yo… —balbuceó Isabe