Doña Leonor dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo del sofá con un suspiro tembloroso que pareció quitarle las pocas fuerzas que le quedaban. El sedante seguía haciendo su trabajo, ralentizando sus movimientos, pero el dolor en su rostro era tan nítido como antes.
—Está bien, Leo... —susurró con los ojos semicerrados—. Me quedaré. No tengo fuerzas para volver a esa casa y ver su despacho vacío. No podría soportarlo.
—Gracias —respondió Leo en voz baja.
Se levantó de la mesa