La tormenta que se desató esa noche no se pareció a ninguna otra que hubieran presenciado en el valle. Pasada la medianoche, el viento comenzó a rugir contra las vigas de la casona con la fuerza de un animal furioso. Las ramas gruesas de los robles centenarios chocaban contra las paredes de piedra, y la temperatura exterior cayó en picada en cuestión de minutos, transformando la nieve blanda en una capa de hielo duro y cortante.
Dentro del dormitorio principal, el calor de la chimenea resultaba