El sonido de las sirenas se hizo ensordecedor cuando las patrullas de la policía y las ambulancias rodearon el edificio, rompiendo la paz de la avenida. En pocos minutos, el ático se llenó de paramédicos, policías y peritos que se ponían guantes de látex y se movían de un lado a otro en medio del caos. Las luces rojas y azules de los vehículos oficiales entraban por los grandes ventanales del salón, dibujando sombras siniestras en las paredes que antes habían sido testigos de una fiesta familia