La noche se estiró de una manera cruel, silenciosa y eterna dentro de las paredes del hospital. Isabella Rich no pudo pegar un ojo en toda la madrugada. El zumbido constante del aire acondicionado y el parpadeo de las luces del pasillo eran lo único que rompía la quietud de la suite privada, un espacio lujoso que en ese momento se sentía tan frío como una tumba. Se quedó sentada en el borde de un sillón, con la mirada fija en sus propias manos, sintiendo que el mundo perfecto que tanto le había