Después de pasarse un buen rato dando vueltas en la cama, llena de rabia, Silvina finalmente comenzó a sentir sueño. Los párpados le pesaron poco a poco, y terminó quedándose dormida.
No supo cuánto tiempo había pasado, pero fue el rugido de su estómago lo que la despertó.
Al abrir los ojos, ya había oscurecido afuera.
—Ay no... a esta hora seguramente ya no hay nada decente para comer en el hospital —murmuró, al ver que eran las ocho de la noche.
Parecía que, si quería cenar algo, tendría que