Silvina regresó a la sala privada y, antes de que pudiera saludar a Benicio y Amanda, se encontró con Leonel de pie en medio de la habitación.
¿Qué hacía él ahí?
Se quedó completamente paralizada.
¿No se suponía que tenía una reunión importante?
¿Por qué había venido?
—Yo... —apenas abrió la boca, vio el fuego en los ojos de Leonel y se tragó todo lo que pensaba decir.
—Señor Benicio, Señora Amanda, les pido una disculpa —dijo Leonel con cortesía, aunque con voz algo tensa—. La salud de Silvina