Simón, al ver a Mónica encogida como una codorniz asustada, sintió una punzada de compasión y no pudo evitar decirle con tono serio:
—¿No dijiste alguna vez que querías disculparte con Silvina cara a cara? Pues ahora la tienes delante. Si ella no puede perdonarte, yo tampoco lo haré.
Ante la voz severa de Simón, Mónica bajó la cabeza rápidamente, con los puños apretados.
En el fondo, odiaba a Silvina con toda su alma.
Si no fuera por ella, ¿cómo habría acabado tan humillada? ¿Cómo habría t