Los ojos de Leonel se entrecerraron, y en el fondo de su mirada ardió una chispa de fastidio.
¡Vaya jugada la de aquel hombre!
Había tenido la osadía de valerse de semejante treta…
Lástima que Silvina, demasiado noble y bondadosa, ni siquiera sospechara cuál era el verdadero trasfondo de esa súplica.
A un lado, Tania solo necesitó unos segundos para descifrar la maniobra.
Antes de que Silvina respondiera, ella ya había intervenido con ironía:
—¡Qué curioso! ¿Tu problema lo vienes a poner en man