Clarisa realmente había sido demasiado temeraria.
Había ido nada menos que a un pequeño hospital en un pueblo a más de cien kilómetros para practicarse un aborto.
Y ahora, había quedado gravemente dañada en su salud.
Apenas Silvina entró al edificio, un fuerte olor a desinfectante la golpeó de lleno.
No pudo evitar llevarse un pañuelo a la nariz para cubrirse.
El olor era tan penetrante que no alcanzaba a distinguir ningún otro aroma.
Al llegar al pasillo, vieron al Señor Martínez conversando c