El rostro de Silvina se había tornado cada vez más sombrío.
Si no fuera por el respeto que sentía hacia el Señor Martínez y la Señora Martínez, ya habría dado media vuelta para marcharse.
—¿Todavía no vas a pedírmelo, Silvina? —preguntó Leonel, con una sonrisa cargada de ironía.
Él la observaba, enfurecida hasta el extremo, y aunque le dolía verla así, entendía que aquel momento era una oportunidad única:
una ocasión perfecta para que su esposa por fin confiara en él.
Y no pensaba desaprovechar