Las lágrimas de Silvina empaparon la camisa de Ruperto, dejando un rastro húmedo que le quemaba el corazón.
Él la sostuvo firmemente mientras bajaban, dudando un instante sobre qué hacer.
—Yo conduzco —dijo Camille de inmediato.
Tania también subió al coche; al ver el rostro pálido de Silvina, sintió una punzada real de compasión. Por eso decidió ignorar, por primera vez, lo cerca que Silvina estaba de Ruperto en ese momento.
Las manos pequeñas de Silvina se aferraban con desesperación a la rop