Lila permaneció allí durante largos segundos, de pie en medio del jardín, como si el mundo a su alrededor se hubiera congelado. El vestido ceñido a su cuerpo subía y bajaba con su respiración agitada, y sus labios, todavía húmedos por el beso que Taylor le había dado, ardían con una absurda mezcla de rabia y… deseo.
El aire parecía demasiado pesado para respirar con naturalidad, como si el oxígeno estuviera impregnado con el olor de Taylor: cuero, tierra mojada y algo amaderado que la mareaba.