La habitación estaba sumida en la penumbra cuando Lila abrió los ojos por primera vez. La suave luz del amanecer atravesaba las cortinas entreabiertas, lanzando un brillo pálido sobre los muebles y las paredes en tonos blancos y dorados. El aire estaba quieto, cálido, pesado. Y su cabeza… su cabeza latía como si mil martillos golpearan al mismo tiempo.
Soltó un gemido ronco al llevarse la mano a la frente. El toque de sus propios dedos pareció intensificar el dolor que pulsaba dentro del cráneo