La luz de la mañana invadía lentamente la habitación de Taylor, filtrándose por las rendijas de las cortinas de lino crudo. El aire todavía estaba tibio, residuo de la noche sofocante, y el canto de los gallos a lo lejos se mezclaba con el zumbido de las cigarras que nunca parecían callar en aquel pedazo de tierra cálida y vasta. Sin embargo, nada de eso era suficiente para despertar a Taylor por voluntad propia.
Gruñó, dándose la vuelta en la cama matrimonial de sábanas arrugadas, con la cabez