El olor a tierra mojada, el sonido del viento pasando entre los árboles, el relincho de los caballos, el mugido de las vacas y el ritmo constante de los cascos golpeando el suelo de tierra eran la banda sonora favorita de Taylor Miller. Y, para él, no existía nada mejor en el mundo.La hacienda Sun Valley, con sus hectáreas infinitas, pastos tan verdes como esmeraldas y montañas al fondo, era más que un pedazo de tierra. Era su hogar. Su pedazo de mundo. Su pedazo de paz.Caminaba con las manos en los bolsillos de los jeans, el sombrero de ala ancha protegiéndose el rostro del sol. Observaba los cultivos, revisaba el ganado, daba órdenes a los empleados, que lo admiraban profundamente y, al mismo tiempo, sonreía satisfecho. Allí, él era dueño de sí mismo. Allí, era libre. Libre de la presión. Libre de los negocios de la ciudad. Libre del mundo corporativo que un día intentaron meterle por la garganta.Taylor Remington Miller no era solamente un hombre del campo. También era el hereder
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